
Se miro las manos gastadas por enésima vez, y sintió la ráfaga de aire frió que se colaba por la hendija de la puerta de entrada, - debería pedir otro café - pensó… mientras jugueteaba con la colilla del cigarrillo en el borde del cenicero. El gato del dueño del bar jugueteó con el cordón de su zapato izquierdo espantándose, cuando movió las piernas para acomodar su pesado cuerpo sobre la silla de madera, de reojos vio que empezaba a lloviznar otra vez. Distintos personajes se agolpaban en la puerta mal cerrada del bar, intentando esconderse de la lluvia, sin conseguirlo, mientras tanto un ejército de paraguas había ganado las calles desde la mañana, haciendo que el día tuviera sus motas de color. Pero a pesar de todo, él sabia que no era suficiente para colorear su día. Se vio a si mismo hacer el gesto para pedir otro café y apuro otro cigarrillo, en la ventana, la lluvia dibujaba perlas plateadas que desparramaban destellos de luz sobre la mesa. En ese momento reparo en el reflejo de su rostro, las gotas que resbalaban en el vidrio deformaban su reflejo surcando su rostro de rayas profundas, como arrugas, y como un reflejo, se toco la cara lentamente, como buscando esas marcas, su pensamiento se torno una mueca de sonrisa y tomo otro sorbo de café, dio una larga calada al cigarrillo y al expulsar el humo se volvió a mirar las manos gastadas por el tiempo, pensó en la soledad, en la lluvia, en las marcas de su rostro que se reflejaban en el vidrio, toco el borde de su reloj sin mirarlo y repitió - debería pedir otro café… -
MrB
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1 comentario:
¿De quién son esos ojos que lo observan tan detenidamente a través de la neblina que se forma en la superficie de su café? ¿Por qué no pueden dejar de mirarse?
Necesitó varios minutos, encenderse otro cigarrillo, beber casi completamente el café y hacerle un gesto al mozo para que le trajera la cuenta; hasta que por fin se dio cuenta de la intención que tenían esos ojos que no le quitaban la mirada de encima.
La mujer se puso de pie en el mismo momento en que él estaba haciéndolo. Y se acercaron mutuamente, sin dejar de mirarse. Y sin dejar de mirarse caminaron en la misma dirección hacia la puerta del bar, hacia la calle, al fin del mundo, allí donde nadie los encontrase y pudieran beber café y fumar un cigarrillo y mirarse las manos mutuamente sin la necesidad de preguntarse por qué ni para qué.
Samara
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