
Llegué con el nombre apretado en la garganta, y lo fui perdiendo en el correr de sus calles. Iluminado por un sol mezquino que no dejaba de espiarme por entre las nubes, la gris Montevideo me dio la bienvenida.
Me fui acomodando despacio, como la historia de su gente, y con la ansiedad del viajante, me dedique a recorrer paso a paso sus lugares intimos, y sentí la sencillez de sus veredas como si fueran mías, y me sentí en casa. Y mis ojos, hambrientos de paisajes, fotografiaron las tardes en enormes panorámicas que llevare siempre junto a mis mejores recuerdos en un rincón de mi corazón.
MrB