
02/04/07
El paso del tiempo, nos marca de tal manera, que muchas veces ni nosotros mismos, podemos recordar ciertas cosas. En esos casos y solo en esos casos un perfume, una foto, una melodía, o simplemente la mera asociación del inconsciente con algo hace que nos vuelvan a burbujear recuerdos que se mantuvieron muy escondidos en la cabeza durante mucho tiempo.
Así pasó, con la lectura de un libro en el que sé hacia referencia a unos sucesos de la infancia del autor, movieron el motor de mi cabeza para recordar mi infancia, y cuando comenzaron a funcionar los engranajes, fueron llegando cosas a mi mente que casi podía decir, tenia olvidadas.
Pude recordar las fogatas de San Pedro y San Pablo, con su correspondiente cocción de papas y batatas en la esquina frente a la vía, las incursiones a los terrenos baldíos con el afán de conseguir como trofeo el galerón más colorido y más grande de la cuadra.
O simplemente los pequeños picados frente al paredón del cementerio, ese que sorteábamos como si fuera un baldío mas, después el tiempo se encargaría de hacernos ver esas parcelas como un lugar tétrico y frío primero y un lugar donde se entierran los dolores después.
Recordé mis días de niñez con felicidad y ternura, mis amigos y las calles de mi barrio, y especialmente recordé el final del verano de 1974, un verano muy especial para mi porque fue donde tuve por primera vez la demostración verdadera de la amistad.
Para esa época, nos gustaba jugar al fútbol hasta después de la siesta detrás de la quinta de don Gino, un calabrés cabrón, sin hijos y dueño de las mejores moras del barrio, que por supuesto no compartía con nadie, y menos con nosotros, que en el final de cada partido le asaltábamos la quinta para darnos atracones calurosos con esos manjares.
Siempre teníamos el mismo final, el tano se despertaba de la siesta por el bullicio y nos corría blandiendo un palo de escoba como si fuera la espada de un cruzado. Nosotros corríamos entre las cañas que sostenían los tomates hasta ganar el alambre que nos separaba de la cancha y nos trepábamos con desesperación sintiendo el zumbido del arma a nuestras espaldas.
Algunos eran más valientes y lo enfrentaban desde atrás de los árboles de ciruelas, que terminaba en un slalom entre los zapallos, dándonos tiempo a los más lerdos a rajar trepando por el alambre.
Pero estas escapadas no siempre salieron bien.
En el final del verano de 74 hubo un día que nuestro ataque sorpresivo resulto una trampa fatal, pero también donde encontré por primera vez a mi mejor amigo “el loco Titi”.
Era el mas audaz de todos los formábamos el grupo, y uno de los que mas lo hacían enojar al tano Gino, como buen 10 que era se escurría por cualquier agujero, y le sobraba el tiempo para mirar con valentía a su perseguidor y saludarlo con una sonrisita picara.
Esa tarde, en el salto del árbol de moras para huir del enemigo mi tobillo se dio vuelta para el lado contrario y me hizo clavar de trompa contra piso de tierra apisonada de la quinta, dejándome atontado, con la nariz chorreando sangre y a merced del palo justiciero del inmigrante calabrés, que al verme en el piso, parecía tomar mas envión para descargar su golpe sobre mi cabeza.
Ya casi podía sentir el palo en la frente cuando vi. que el tano Gino se arqueaba como si una lanza lo punzara por la espalda y giraba violentamente hacia el alambrado, perdonándome la vida por un instante para arremeter contra el loco Titi, mi salvador, que con un piedraza certero en la espalda del tano, me salvaba la vida mientras le pedía a los otros que vinieran en mi ayuda.
Después no sé, Cachi, Marcelo y el Mono, corrían por la quinta mientras el Titi, me tomaba por el hombro para ayudar a mi renguera a cruzar el alambre.
Creo que nunca le dije gracias por eso, pero si sé que después de ese día nos hicimos inseparables.
Yo, siempre fui bastante flojo en esos aspectos y el desde ese día, y con doce años igual que yo, me cuido como a un hermano menor.
Después crecimos, hicimos la secundaria en distintos colegios, tuvimos novias en barrios diferentes, pero cuando nos juntábamos, nos pasábamos horas hablando y frente a los otros de la barra, siempre como aliados el uno del otro sin romper el sello de nuestra amistad que nació en un final de marzo de 1974.
Después nos vimos menos, las actividades de uno, la mudanza del otro, el tema es que nos volvimos a ver durante el servicio militar, los dos íbamos a las islas, yo que siempre fui un cobarde hubiese querido quedarme junto a él, como cuando teníamos doce años, pero no, el fue a una punta y yo a la otra, pero recuerdo lo ultimo que me dijo cuando nos cruzamos allá,
Quédate tranquilo, si te salvaste de Gino no te vas a salvar acá?
Claro, lo que el nunca supo es que muchas veces pedí que viniera a rescatarme como esa tarde en la quinta, y que juntos pasáramos el alambre para volver a la esquina de casa a tomar la leche con nesquick, y planear otro desafío con los compañeros de pelusa, el hijo del peluquero.
Nunca supo que lloré gritando su nombre, para que me sacara de allí, haciéndome un ovillo esperando los brazos que me levantarán, Hoy todavía hay noches en que me despierto con esa imagen, pero no, el se quiso quedar allá disfrazado de Quijote verde oliva, tratando seguramente, de ayudar a otros como yo, a saltar el alambre para rajar de los malos.
Hoy veinticinco años después, recuerdo que murió en su ley, en las islas, defendiendo a sus amigos.
Hoy veinticinco años después, quería contarles la historia del loco Titi para que lo recuerden, porque una vez me salvo la vida en la quinta del tano Gino.
Y porque el loco Titi, era mi amigo...
Así pasó, con la lectura de un libro en el que sé hacia referencia a unos sucesos de la infancia del autor, movieron el motor de mi cabeza para recordar mi infancia, y cuando comenzaron a funcionar los engranajes, fueron llegando cosas a mi mente que casi podía decir, tenia olvidadas.
Pude recordar las fogatas de San Pedro y San Pablo, con su correspondiente cocción de papas y batatas en la esquina frente a la vía, las incursiones a los terrenos baldíos con el afán de conseguir como trofeo el galerón más colorido y más grande de la cuadra.
O simplemente los pequeños picados frente al paredón del cementerio, ese que sorteábamos como si fuera un baldío mas, después el tiempo se encargaría de hacernos ver esas parcelas como un lugar tétrico y frío primero y un lugar donde se entierran los dolores después.
Recordé mis días de niñez con felicidad y ternura, mis amigos y las calles de mi barrio, y especialmente recordé el final del verano de 1974, un verano muy especial para mi porque fue donde tuve por primera vez la demostración verdadera de la amistad.
Para esa época, nos gustaba jugar al fútbol hasta después de la siesta detrás de la quinta de don Gino, un calabrés cabrón, sin hijos y dueño de las mejores moras del barrio, que por supuesto no compartía con nadie, y menos con nosotros, que en el final de cada partido le asaltábamos la quinta para darnos atracones calurosos con esos manjares.
Siempre teníamos el mismo final, el tano se despertaba de la siesta por el bullicio y nos corría blandiendo un palo de escoba como si fuera la espada de un cruzado. Nosotros corríamos entre las cañas que sostenían los tomates hasta ganar el alambre que nos separaba de la cancha y nos trepábamos con desesperación sintiendo el zumbido del arma a nuestras espaldas.
Algunos eran más valientes y lo enfrentaban desde atrás de los árboles de ciruelas, que terminaba en un slalom entre los zapallos, dándonos tiempo a los más lerdos a rajar trepando por el alambre.
Pero estas escapadas no siempre salieron bien.
En el final del verano de 74 hubo un día que nuestro ataque sorpresivo resulto una trampa fatal, pero también donde encontré por primera vez a mi mejor amigo “el loco Titi”.
Era el mas audaz de todos los formábamos el grupo, y uno de los que mas lo hacían enojar al tano Gino, como buen 10 que era se escurría por cualquier agujero, y le sobraba el tiempo para mirar con valentía a su perseguidor y saludarlo con una sonrisita picara.
Esa tarde, en el salto del árbol de moras para huir del enemigo mi tobillo se dio vuelta para el lado contrario y me hizo clavar de trompa contra piso de tierra apisonada de la quinta, dejándome atontado, con la nariz chorreando sangre y a merced del palo justiciero del inmigrante calabrés, que al verme en el piso, parecía tomar mas envión para descargar su golpe sobre mi cabeza.
Ya casi podía sentir el palo en la frente cuando vi. que el tano Gino se arqueaba como si una lanza lo punzara por la espalda y giraba violentamente hacia el alambrado, perdonándome la vida por un instante para arremeter contra el loco Titi, mi salvador, que con un piedraza certero en la espalda del tano, me salvaba la vida mientras le pedía a los otros que vinieran en mi ayuda.
Después no sé, Cachi, Marcelo y el Mono, corrían por la quinta mientras el Titi, me tomaba por el hombro para ayudar a mi renguera a cruzar el alambre.
Creo que nunca le dije gracias por eso, pero si sé que después de ese día nos hicimos inseparables.
Yo, siempre fui bastante flojo en esos aspectos y el desde ese día, y con doce años igual que yo, me cuido como a un hermano menor.
Después crecimos, hicimos la secundaria en distintos colegios, tuvimos novias en barrios diferentes, pero cuando nos juntábamos, nos pasábamos horas hablando y frente a los otros de la barra, siempre como aliados el uno del otro sin romper el sello de nuestra amistad que nació en un final de marzo de 1974.
Después nos vimos menos, las actividades de uno, la mudanza del otro, el tema es que nos volvimos a ver durante el servicio militar, los dos íbamos a las islas, yo que siempre fui un cobarde hubiese querido quedarme junto a él, como cuando teníamos doce años, pero no, el fue a una punta y yo a la otra, pero recuerdo lo ultimo que me dijo cuando nos cruzamos allá,
Quédate tranquilo, si te salvaste de Gino no te vas a salvar acá?
Claro, lo que el nunca supo es que muchas veces pedí que viniera a rescatarme como esa tarde en la quinta, y que juntos pasáramos el alambre para volver a la esquina de casa a tomar la leche con nesquick, y planear otro desafío con los compañeros de pelusa, el hijo del peluquero.
Nunca supo que lloré gritando su nombre, para que me sacara de allí, haciéndome un ovillo esperando los brazos que me levantarán, Hoy todavía hay noches en que me despierto con esa imagen, pero no, el se quiso quedar allá disfrazado de Quijote verde oliva, tratando seguramente, de ayudar a otros como yo, a saltar el alambre para rajar de los malos.
Hoy veinticinco años después, recuerdo que murió en su ley, en las islas, defendiendo a sus amigos.
Hoy veinticinco años después, quería contarles la historia del loco Titi para que lo recuerden, porque una vez me salvo la vida en la quinta del tano Gino.
Y porque el loco Titi, era mi amigo...
Mi pequeño homenaje a los veteranos, a los que volvieron y a los que se quedaron teniendo la bandera en alto...
MrB
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